El sinsentido común

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  • La distorsión que hacemos de la realidad…Así, cuanta mayor es nuestra identificación con algo, mayor es la distorsión que hacemos de la realidad.
  • Aunque parece que estamos despiertos, en el fondo estamos profundamente dormidos. No en vano, seguimos creyendo que las interpretaciones distorsionadas y subjetivas que hacemos de la realidad son la realidad en sí misma. Prueba de ello es la epidemia de victimismo que padece nuestra sociedad. Es común escucharnos los unos a los otros protestando por todo lo que nos pasa, sin ser conscientes de que somos cocreadores y corresponsables del rumbo que está tomando nuestra existencia.

    Solemos quejarnos de nuestra pareja, pero ¿acaso nos responsabilizamos de que somos nosotros quienes la hemos elegido? Solemos maldecir a nuestro jefe y a nuestra empresa, pero ¿acaso nos responsabilizamos de que somos nosotros quiénes hemos escogido nuestra profesión y nuestro lugar de trabajo? Y en definitiva, solemos lamentarnos por nuestras circunstancias actuales, pero ¿acaso nos responsabilizamos de que éstas son el resultado —en gran medida— de las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida? Es decir, que solemos victimizarnos por los efectos que cosechamos, eludiendo cualquier tipo de responsabilidad por las causas que los crearon. Por eso se dice que la psicología del egocentrismo se sustenta sobre la ignorancia de no saber quiénes somos y la inconsciencia de no querer saberlo. «Deseamos ser felices aun cuando vivimos de tal modo que hacemos imposible la felicidad». SAN AGUSTÍN

  • Debido a la influencia que tiene sobre nosotros el pensamiento materialista imperante, en general creemos que nuestra felicidad está vinculada con lo que hacemos y tenemos, marginando por completo lo que somos y sentimos. De ahí que la sociedad contemporánea se haya edificado sobre cuatro pilares: el trabajo (como medio para ganar dinero), el consumo (como medio para obtener placer), la imagen (como medio para aparentar) y el entretenimiento, que nos permite —temporalmente— aliviar el dolor que nos genera llevar una existencia puramente materialista, en muchas ocasiones carente de propósito y sentido.
  • Con la finalidad de incrementar sus ventas y, por tanto, su cuenta final de resultados, la mayoría de empresas suelen tomar decisiones movidas por su instinto de supervivencia económico, marginando por completo cualquier noción ética. De hecho, muchos de los objetos que compramos están diseñados de forma intencionada para que se rompan, descompongan o dejen de funcionar coincidiendo con la expiración del período de garantía. En general, el hecho de que de pronto se nos estropee el móvil, el ordenador, la cámara digital o la televisión no es un accidente. Es el resultado de una estrategia de fabricación bien pensada, denominada «obsolescencia planificada».
  • A través de esta estrategia el nivel de consumo alcanza los ratios necesarios para lograr la autopreservación de las organizaciones y, en consecuencia, del sistema sobre el que éstas operan. De ahí que las empresas —por medio del marketing y la publicidad— motiven a la sociedad a comprar, desechar y reemplazar sus bienes de consumo a un ritmo cada vez más acelerado. El objetivo es infundir en los consumidores «el deseo de poseer productos más nuevos, un poco mejores y un poco antes de lo necesario». A este fenómeno psicológico se le denomina «obsolescencia percibida». Curiosamente, la propaganda de la sociedad de consumo actual ha llegado a convencernos de que, llegado el caso, desechemos objetos que todavía son perfectamente útiles. Es decir, de que tomemos decisiones alineadas con nuestros caprichos y deseos —cuyo canon suele estar determinado por la moda—, dejando en un segundo plano el sentido común, que es el que nos permite utilizar el dinero para saciar nuestras verdaderas necesidades. La paradoja es que el deseo nos enchufa a una ficción construida sobre lo que no tenemos, impidiéndonos valorar y disfrutar lo que sí está a nuestro alcance. La quinta y última fase de la economía de los materiales es el «deshecho». Es decir, el proceso de destrucción de las toneladas de basura que acumulamos cada día. Actualmente, lo más común es incinerarla o enterrarla, lo que a su vez daña gravemente la salud del planeta. Si bien el reciclaje es un proceso en auge, todavía está lejos de solventar este problema. Además, no es ni mucho menos la solución para dejar de contaminar la biosfera. Debido al impacto tan destructor que tiene la economía sobre la naturaleza, nuestro objetivo como especie no ha de ser reciclar más, sino desechar menos.
  • Una vez más, la respuesta se encuentra en el modelo de pensamiento con el que hemos sido condicionados. Cada vez que nos sentimos impacientes, significa que estamos interpretando los acontecimientos externos en base a una creencia limitadora: que nuestro bienestar no se encuentra en este preciso momento, sino en otro que está a punto de llegar. O dicho de otra manera: como creemos que no podemos estar bien en medio de un atasco, deseamos que éste termine de inmediato para poder llegar en cuanto antes a nuestro destino. Eso sí, funcionar según esta falsa creencia revela que la impaciencia suele ser un indicador de que no estamos a gusto con nosotros mismos.
  • Sólo en base a un estable bienestar interno podemos empezar a relacionarnos con nuestras circunstancias de una manera más consciente, pudiendo tomar la actitud y la conducta más conveniente en cada momento. Y aunque no podemos cambiar lo que nos sucede, sí podemos modificar nuestra actitud, centrándonos en el denominado «círculo de influencia[27]». Es decir, en todo aquello que está a nuestro alcance. En el caso del atasco, implicaría llamar para avisar de que llegaremos tarde, respirar profundamente, poner la radio y otras acciones que dependieran por completo de nosotros. De esta manera, nos ahorraríamos la desagradable compañía de la impaciencia, un huésped que de tanto visitarnos termina por instalarse indefinidamente en nuestro organismo. Y lo cierto es que no suele venir sola. Los médicos han comprobado que la impaciencia crónica está relacionada con otros virus emocionales como la hiperactividad, el estrés, la ansiedad, la irritabilidad, la tensión muscular, el dolor de cabeza o el insomnio[28]. Más allá de paliar sus venenosos efectos por medio de pastillas, lo que necesitamos es recordarnos cada mañana —nada más comenzar el día— que todos los procesos que conforman nuestra vida tienen su función y su tempo. «Lo que nos causa tensión es estar aquí queriendo estar allí, o estar en el presente queriendo estar en el futuro». ECKHART TOLLE
  • Producir, consumir y divertirnos. Éstas son las principales actividades que promueve la sociedad prefabricada de la que todos participamos. Cuando estamos en nuestro puesto de trabajo, en principio produciendo, nos aferramos al verbo «hacer» con el fin de obtener resultados. Eso es lo que espera el jefe de nosotros. Y dado que nada de lo que conseguimos parece ser suficiente para la empresa, a lo largo de nuestra jornada laboral solemos ser víctimas de la hipervelocidad, la tensión y el estrés. Al salir de la oficina, de forma impulsiva sentimos la legítima necesidad de desconectar del trabajo. Y así, de la mano del verbo «tener», solemos dedicar parte de nuestro tiempo de ocio a comprar y consumir cosas que nos hagan sentir bien. Al menos esa es la ilusión que nos promete el marketing y la publicidad. Prueba de ello es el triunfo de los centros comerciales.
  • Si bien resulta incómodo cuestionar nuestro estilo de vida, sólo mediante esta indagación podemos encontrar nuestra propia verdad. Por más que miremos hacia otro lado, es imposible escapar de nosotros eternamente. Tarde o temprano no nos va a quedar más remedio que pararnos y ver qué ocurre en nuestro interior. Al estudiar la etimología de las palabras, descubrimos que el término «malestar» está compuesto por el adverbio «mal» y el verbo «estar», y básicamente significa «estar mal». Se trata de algo tan obvio que generalmente terminamos obviando. Prueba de ello es que solemos creer que la causa de nuestro malestar se encuentra afuera de nosotros. Algo similar sucede con un sinónimo contemporáneo: el «aburrimiento». Procede del latín «abhorrere», que quiere decir «tener horror». Es decir, que cuando afirmamos «estar aburridos» en el fondo estamos diciendo que «sentimos horror dentro de nosotros». Y dado que nadie nos ha enseñado a lidiar con el vacío que notamos cuando estamos desconectados de nuestro corazón, enseguida nos orientamos hacia la diversión. Así, no es ninguna casualidad que este sustantivo —que viene del latín «divertere»— signifique «alejarse de algo penoso o pesado». Cuando estamos mal experimentamos horror o vacío en nuestro interior, lo que nos impulsa a alejarnos de nosotros mismos, buscando cualquier tipo de entretenimiento o de narcotización en el exterior. De ahí que a menos que aprendamos a ser felices sin necesidad de apegarnos a estímulos externos, seguiremos siendo adictos a la red de Internet, a la televisión, al trabajo, al consumo, al fútbol, al sexo, a los videojuegos, al alcohol, al tabaco o a los antidepresivos —como el prozac o el tranquimazín—, por citar algunas de las drogas aceptadas por nuestra sociedad. Por más que creamos que estas válvulas de escape nos proporcionan felicidad, en realidad son simples sucedáneos que nos sirven para experimentar placer en el corto plazo. No en vano, la única fuente de bienestar verdaderamente limpia, renovable y sostenible reside en nuestro interior.
  • Lo cierto es que detrás de nuestros deseos y miedos se esconde uno de los virus más letales que atenta contra la salud emocional de nuestra especie: el «apego». Según la Real Academia Española significa «afición o inclinación hacia alguien o algo». Popularmente, también se considera sinónimo de «afecto», «cariño» o «estima». De hecho, hay quien dice que el apego es «natural» y «sano», pues es «una muestra del amor que sentimos» por aquello a lo que vivimos apegados. E incluso algunos afirman con cierto orgullo que «cuanto más apego se tiene, más se ama». Pero nada más lejos de la realidad. Todas estas definiciones tan sólo ponen de manifiesto lo poco que conocemos a este gran devorador de nuestra paz interior. Y entonces, ¿qué es el apego? Podría definirse como el afán de controlar y poseer aquello que queremos que sea nuestro y de nadie más. Estar apegado a alguien o algo también implica creer que eso que nos pertenece es imprescindible para nuestra felicidad. Sin embargo, provoca en nosotros el efecto contrario. Más que unirnos, el apego nos separa de lo que estamos apegados, mermando nuestro bienestar y nuestra libertad. Y entonces, ¿es posible vivir sin apegos? Por supuesto, aunque es una hazaña que requiere comprender que lo que necesitamos para ser felices está dentro de nosotros y no fuera. Y «ser felices» quiere decir que ahora mismo, en este preciso instante, estamos a gusto, cómodos y en paz con nosotros mismos. Es decir, que somos felices cuando en el momento presente —justo donde nos encontramos— sentimos que todo está bien y que no nos falta de nada. Mediante este bienestar y equilibrio internos podemos cultivar el desapego en nuestra relación con todo lo demás. Podemos tener deseos, pero ya no hacemos depender nuestro bienestar en ellos. Al estar llenos por dentro, no esperamos nada de afuera. Tan sólo compartimos lo que somos, mostrándonos agradecidos de recibir lo que otras personas y la vida nos quieran dar. Si reflexionamos detenidamente, caemos en la cuenta de que nada ni nadie nos pertenece. Sea lo que sea, tan sólo gozamos del privilegio de disfrutarlo temporalmente. Como afirmó Buda, «nada es permanente, pues todo está en continuo cambio». De ahí la inutilidad del apego. «No es fácil encontrar la felicidad en nosotros, pero es imposible encontrarla en ningún otro lugar». AGNES KEPPLIER